PÉRDIDA DE PESO CON GLP-1: LA INYECCIÓN QUE SILENCIA EL HAMBRE, SU PODER REAL Y LOS RIESGOS TODAVÍA ABIERTOS
Pueden producir pérdidas de peso extraordinarias y proteger el corazón, los riñones y el hígado. Pero miles de demandas, efectos adversos graves y una seguridad que todavía no alcanza décadas revelan una verdad que la publicidad suele omitir: el beneficio depende de quién los utiliza, por qué los utiliza y durante cuánto tiempo.
Por Dr. en C. José Luis Muñoz-CarrilloDirector del Centro de Investigación e Innovación Global University (CIIGU)Una inyección semanal capaz de disminuir el hambre, reducir significativamente el peso corporal y mejorar algunas de las enfermedades metabólicas más importantes parecía, hasta hace pocos años, una posibilidad lejana. Hoy es una realidad científica, médica y comercial.
Medicamentos como la liraglutida y la semaglutida, así como la tirzepatida —que actúa simultáneamente sobre los receptores GIP y GLP-1— han transformado el tratamiento de la diabetes y la obesidad. Sin embargo, su éxito clínico también los convirtió en un fenómeno social. En redes sociales, gimnasios, clínicas estéticas y conversaciones cotidianas, sus nombres comenzaron a relacionarse con una promesa difícil de ignorar: perder peso rápidamente, con menos hambre y sin el esfuerzo que tradicionalmente se asocia con las dietas restrictivas y ejercicio fisico.
El aumento de su disponibilidad y la futura entrada de más competidores conforme cambien las patentes y exclusividades comerciales en diferentes mercados podrían ampliar el acceso a tratamientos que muchas personas realmente necesitan. Pero también podrían favorecer la automedicación, el comercio irregular, los errores de dosificación y su uso en personas sin una indicación médica clara.
Entonces … el problema no es que estos medicamentos no funcionen … el verdadero desafío es precisamente lo contrario: funcionan tan bien y sus resultados son tan visibles que pueden hacernos confundir pérdida de peso con salud.
¿Qué hacen realmente los GLP-1?
El péptido similar al glucagón tipo 1, conocido como GLP-1, es una hormona producida naturalmente por el intestino después de comer. Participa en la regulación de la glucosa, estimula la liberación de insulina cuando es necesaria, disminuye la secreción de glucagón y envía al cerebro señales relacionadas con la saciedad.
Los medicamentos que imitan o potencian esta vía prolongan esas señales. Disminuyen el hambre, reducen algunos antojos, aumentan la sensación de plenitud y retrasan, en distinto grado, el vaciamiento del estómago. Como consecuencia, la persona suele consumir menos alimentos sin experimentar la misma intensidad de apetito. Por lo tanto, es importante enfatizar que estos medicamentos no derriten la grasa, no eliminan calorías ya consumidas y tampoco aceleran mágicamente el metabolismo. Su principal efecto consiste en modificar los mecanismos biológicos que regulan el hambre, la saciedad y la ingesta.
Por eso son tan eficaces. Y precisamente por eso también requieren vigilancia.
Primer efecto: sí producen una pérdida de peso extraordinaria
La evidencia científica es contundente. En un ensayo clínico STEP 1 donde participaron 1,961 adultos con sobrepeso u obesidad sin diabetes, se observó que después de 68 semanas, quienes recibieron semaglutida redujeron, en promedio, 14.9% de su peso corporal, frente a 2.4% con placebo, es decir, más de la mitad perdió por lo menos el 15% de su peso inicial. En este contexto, es importante señalar que ambos grupos recibieron también indicaciones sobre alimentación y actividad física. Por lo tanto, el medicamento no fue estudiado como sustituto de una vida saludable, sino como parte de una intervención integral.
Los tratamientos más recientes han alcanzado resultados todavía mayores. En el estudio SURMOUNT-5, se observó que la tirzepatida produjo una reducción promedio del 20.2% del peso corporal, comparada con 13.7% con semaglutida después de 72 semanas. La tirzepatida no es un agonista exclusivo del GLP-1, sino un tratamiento dual que también activa el receptor GIP.
En este sentido, estamos hablando de pérdidas de peso que hace poco parecían inalcanzables mediante tratamiento farmacológico. Negar su eficacia sería ignorar la evidencia. Sin embargo, estas cifras también pueden generar una peligrosa ilusión: pensar que obtener rápidamente un cuerpo más delgado significa haber corregido automáticamente todos los factores que determinan la salud.
Por ejemplo, una persona puede perder peso y, al mismo tiempo, presentar una alimentación insuficiente, deshidratación, pérdida de fuerza, reducción de masa muscular o una relación cada vez más dependiente del medicamento. Por lo tanto, la báscula muestra cuánto pesa una persona, pero no revela qué parte del peso perdió, cómo se alimenta, qué tan fuerte se encuentra ni qué ocurrirá cuando termine el tratamiento.
Segundo efecto: el organismo también puede pagar un precio
Los efectos adversos más frecuentes son gastrointestinales, tales como náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento, dolor abdominal y sensación excesiva de plenitud aparecen especialmente durante el incremento progresivo de la dosis. Un estudio STEP 1, reportó que el 4.5% de los participantes tratados con semaglutida suspendió el medicamento por efectos gastrointestinales, frente a 0.8% del grupo placebo. La información obtenida en estudios más prolongados ofrece una imagen interesante. En un estudio SELECT, con 17,604 participantes y seguimiento de hasta cuatro años, reporto que los eventos adversos graves fueron, en conjunto, menos frecuentes con semaglutida que con placebo. Sin embargo, las suspensiones del tratamiento por efectos adversos fueron considerablemente mayores: 16.6% frente a 8.2%, principalmente por problemas gastrointestinales.
Esto permite sostener dos afirmaciones al mismo tiempo:
1. No existe evidencia de que la semaglutida deteriore progresivamente la salud de la mayoría de los pacientes.
2. Una proporción relevante no tolera el tratamiento y una minoría puede desarrollar complicaciones potencialmente graves.
§ Vesícula biliar
Uno de los riesgos mejor demostrados es el aumento de enfermedades de la vesícula y las vías biliares. Un metaanálisis de 76 ensayos clínicos aleatorizados encontró un incremento relativo de 37% en el riesgo de cálculos biliares, inflamación de la vesícula y otros trastornos biliares. La asociación fue mayor cuando los medicamentos se emplearon en dosis altas, durante periodos prolongados y específicamente para perder peso (He et al., 2022). Parte de este riesgo podría deberse al efecto de los medicamentos sobre el vaciamiento de la vesícula, pero también a la pérdida rápida de peso, que por sí misma favorece la formación de cálculos.
§ Pancreatitis
La pancreatitis aguda es infrecuente, pero puede ser grave, necrosante e incluso mortal. Los ensayos clínicos no han demostrado de manera consistente un aumento generalizado del riesgo, aunque las autoridades sanitarias mantienen advertencias debido a los casos identificados durante la farmacovigilancia. Esto significa que no debe presentarse como una consecuencia habitual, pero tampoco minimizarse. Un dolor abdominal intenso y persistente, especialmente si se irradia hacia la espalda y se acompaña de vómitos, requiere valoración médica inmediata.
§ Gastroparesia y obstrucción intestinal
Estos medicamentos retrasan el vaciamiento gástrico como parte de su mecanismo de acción. En algunas personas, este efecto puede volverse clínicamente problemático. Se han reportado casos de gastroparesia, íleo, obstrucción y pseudoobstrucción intestinal. Algunos estudios observacionales han encontrado asociaciones, pero los eventos son poco frecuentes y los ensayos aleatorizados no han confirmado de manera definitiva que exista un incremento generalizado del riesgo. Por tanto, todavía existe una zona de incertidumbre: hay señales clínicas y farmacológicas plausibles, pero no todos los daños alegados han sido confirmados como efectos causados directamente por el medicamento.
§ Deshidratación y daño renal
Los GLP-1 no se consideran tóxicos directos para el riñón. De hecho, en pacientes adecuadamente seleccionados pueden proteger la función renal. Sin embargo, los vómitos, la diarrea o la disminución extrema del consumo de alimentos y líquidos pueden causar deshidratación, alteraciones de electrolitos y lesión renal aguda. Se han reportado casos que requirieron hospitalización e incluso hemodiálisis.
Esta aparente contradicción es fundamental: un mismo medicamento puede proteger el riñón en el paciente correcto y ponerlo en riesgo cuando sus efectos gastrointestinales no son detectados o atendidos oportunamente.
§ Pérdida de masa magra
No todo el peso perdido corresponde a grasa. En un subestudio de SURMOUNT-1, se observó que aproximadamente el 75% de la reducción de peso con tirzepatida correspondió a masa grasa y 25% a masa magra. Esta proporción fue semejante a la observada con otras formas de pérdida de peso. La masa magra no es exactamente sinónimo de músculo: también incluye agua, órganos y otros tejidos. Aun así, su reducción puede ser clínicamente importante, especialmente en adultos mayores, personas sedentarias, pacientes con dietas muy restrictivas o individuos con poca reserva muscular.
Perder grasa puede mejorar la salud. Perder fuerza y función física puede deteriorarla.
Por eso el entrenamiento de fuerza, una alimentación suficiente, el consumo adecuado de proteínas y el seguimiento nutricional no son elementos opcionales del tratamiento.
§ Hueso y riesgo de fragilidad
Algunos estudios pequeños han encontrado reducciones de la densidad mineral ósea durante pérdidas importantes de peso. Todavía no se ha demostrado que los GLP-1 aumenten las fracturas en la población general, pero el riesgo merece atención en adultos mayores, mujeres posmenopáusicas y personas con osteoporosis. La combinación de tratamiento farmacológico y ejercicio parece preservar mejor el hueso y la masa magra que el medicamento utilizado de manera aislada.
§ Pérdida de visión
En 2025, la Agencia Europea de Medicamentos concluyó que la neuropatía óptica isquémica anterior no arterítica —conocida como NAION— debe considerarse un efecto adverso muy raro de la semaglutida. Puede presentarse hasta en una de cada 10,000 personas tratadas y producir una pérdida súbita, generalmente indolora y potencialmente permanente de la visión. El riesgo absoluto es muy bajo, pero su gravedad explica por qué una alteración repentina de la vista durante el tratamiento nunca debe ignorarse.
El efecto del que casi nadie quiere hablar: recuperar el peso
Una de las limitaciones más importantes aparece después de suspender el tratamiento. En la extensión del estudio STEP 1, se observó que los participantes recuperaron aproximadamente dos terceras partes del peso que habían perdido durante el año posterior a la suspensión de semaglutida. Junto con el peso, también comenzaron a deteriorarse algunos de los beneficios cardiometabólicos obtenidos. Esto no significa que el medicamento produzca adicción ni que las personas carezcan de fuerza de voluntad. Significa que la obesidad es una enfermedad crónica y recurrente. Cuando desaparece el efecto farmacológico, pueden regresar las señales biológicas de hambre que el tratamiento mantenía controladas.
Este hallazgo plantea una pregunta incómoda: si para conservar el resultado muchas personas necesitan continuar el medicamento, ¿están preparadas para utilizarlo durante años o quizá durante gran parte de su vida?
Utilizarlo para perder algunos kilogramos antes de una boda, unas vacaciones o un evento social, sin una estrategia de seguimiento, puede terminar en un ciclo de pérdida, recuperación, frustración y reinicio del tratamiento.
El problema no es solamente recuperar el peso. También importa preguntarse cuántas veces se repetirá el ciclo, con qué dosis, mediante qué productos y bajo qué supervisión.
Tercer efecto: sus beneficios pueden ir mucho más allá de la báscula
Reducir estos medicamentos a productos para adelgazar sería científicamente injusto. Sus beneficios más importantes aparecen precisamente en personas con obesidad, diabetes o enfermedades cardiovasculares, renales y hepáticas claramente definidas.
§ Corazón y sistema cardiovascular
En el estudio SELECT donde participaron 17,604 adultos con sobrepeso u obesidad, enfermedad cardiovascular previa y sin diabetes, se observó que los eventos cardiovasculares mayores ocurrieron en 6.5% de quienes recibieron semaglutida y en 8% de quienes recibieron placebo. Esto representó una reducción relativa de 20% en el riesgo de muerte cardiovascular, infarto o accidente cerebrovascular. En este contexto, el medicamento no solamente modificó la apariencia corporal, sino redujo eventos capaces de producir discapacidad o muerte.
§ Enfermedad renal
En pacientes con diabetes tipo 2 y enfermedad renal crónica, un ensayo FLOW encontró que la semaglutida redujo 24% el riesgo del desenlace compuesto de eventos renales graves y muerte cardiovascular. También se observó que disminuyó la velocidad de deterioro de la función renal. En este contexto, para un paciente con alto riesgo de insuficiencia renal, aceptar la posibilidad de náuseas, cálculos biliares u otros efectos adversos puede estar clínicamente justificado si el tratamiento ayuda a retrasar la diálisis, un evento cardiovascular o la muerte.
§ Enfermedad hepática
Los beneficios también alcanzan al hígado. En pacientes con esteatohepatitis asociada con disfunción metabólica y fibrosis moderada o avanzada, se observó que el 62.9% de quienes recibieron semaglutida alcanzó resolución de la enfermedad sin empeoramiento de la fibrosis, frente a 34.3% con placebo. La fibrosis mejoró en 36.8% y 22.4%, respectivamente. Estos resultados son particularmente relevantes porque la enfermedad hepática metabólica puede progresar hacia cirrosis, insuficiencia hepática y necesidad de trasplante.
En el paciente adecuado, los GLP-1 no solo cambian un número en la báscula: pueden reducir enfermedad, discapacidad, hospitalizaciones y riesgo de muerte.
Cuarto efecto: miles de demandas y una seguridad que todavía no alcanza décadas
Al 1 de julio de 2026 se encontraban pendientes en Estados Unidos:
· 3,848 acciones federales dentro del litigio multidistrital MDL 3094, relacionado principalmente con gastroparesia, íleo, obstrucción o pseudoobstrucción intestinal y otras lesiones gastrointestinales atribuidas a medicamentos como Ozempic, Wegovy, Rybelsus, Trulicity y Mounjaro.
· 146 acciones adicionales en el MDL 3163 por casos de neuropatía óptica isquémica anterior no arterítica o NAION.
Estos números son impactantes, pero deben interpretarse correctamente. No se trata de miles de sentencias que hayan declarado culpables a los fabricantes. Tampoco demuestran que todos los daños alegados hayan sido causados por los medicamentos. Son casos individuales coordinados en litigios multidistritales para analizar preguntas comunes, como la existencia de causalidad, la suficiencia de las advertencias y la responsabilidad de los fabricantes. Los procesos continúan en etapa judicial y científica.
Una demanda representa una señal que debe investigarse, pero no sustituye a un ensayo clínico ni constituye por sí misma evidencia de causalidad.
No obstante, tampoco sería prudente ignorarlas. Miles de personas afirman haber experimentado daños importantes, algunas de las lesiones reclamadas son biológicamente plausibles y varias coinciden con señales que ya están siendo evaluadas por las autoridades regulatorias.
La conclusión más rigurosa no es que los GLP-1 estén destruyendo la salud de sus usuarios.
La conclusión correcta es más compleja:
Los datos disponibles ofrecen una tranquilidad razonable durante aproximadamente cuatro años, pero todavía no conocemos plenamente las consecuencias de utilizar durante una o dos décadas las dosis actuales para obesidad, especialmente en personas jóvenes o sin obesidad que solo desean modificar su apariencia.
El grupo farmacológico cuenta con años de experiencia en diabetes, pero su empleo masivo, en dosis para reducción de peso y en poblaciones con menor riesgo médico, es mucho más reciente. La ausencia actual de una señal generalizada de daño no garantiza que todos los riesgos infrecuentes o de aparición tardía hayan sido identificados.
El riesgo cambia según quién recibe el medicamento
La seguridad de un tratamiento no puede evaluarse únicamente preguntando si produce efectos adversos. Debe compararse el riesgo del medicamento con el riesgo de la enfermedad que se intenta tratar.
Para una persona con obesidad, diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, enfermedad renal o daño hepático metabólico, aceptar complicaciones infrecuentes puede estar plenamente justificado si el tratamiento ayuda a prevenir un infarto, un accidente cerebrovascular, insuficiencia renal, cirrosis o muerte prematura.
En cambio, para una persona con peso normal que desea perder cinco kilogramos por razones exclusivamente estéticas, los beneficios médicos son inciertos, pero los riesgos gastrointestinales, biliares, pancreáticos, visuales, nutricionales y musculares continúan existiendo.
El medicamento puede ser el mismo. Lo que cambia por completo es la relación entre beneficio y riesgo.
Cuando existe una enfermedad importante, el posible beneficio puede superar ampliamente los riesgos. Cuando solo existe inconformidad estética, incluso un riesgo poco frecuente puede resultar innecesario.
El mercado irregular añade un peligro diferente
La enorme demanda mundial también ha favorecido la venta de productos falsificados, formulaciones no autorizadas y preparaciones compuestas sin controles equivalentes a los medicamentos aprobados.
La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos ha documentado productos con etiquetas falsas, errores de dosificación y eventos adversos —algunos con hospitalización— asociados con versiones no aprobadas o irregularmente preparadas de semaglutida y tirzepatida. En estos casos, el peligro no procede únicamente del principio activo. También puede encontrarse en la concentración incorrecta, la contaminación, la utilización de sales no autorizadas, la conservación deficiente o la ausencia de trazabilidad.
Comprar una inyección por internet o mediante un proveedor informal no equivale a recibir un tratamiento médico.
Antes de comenzar, no basta con preguntar cuántos kilogramos se perderán
La conversación con el profesional de la salud debería incluir preguntas más importantes:
· ¿Existe sobrepeso, obesidad o una comorbilidad que justifique el tratamiento?
· ¿Qué enfermedad o riesgo se pretende modificar?
· ¿El medicamento elegido está autorizado para esa indicación?
· ¿Cómo se vigilarán los efectos gastrointestinales, biliares y metabólicos?
· ¿Cómo se protegerán la masa muscular, la fuerza y el estado nutricional?
· ¿Durante cuánto tiempo se utilizará?
· ¿Qué estrategia se seguirá si debe suspenderse?
· ¿El producto cuenta con autorización sanitaria, cadena de conservación y trazabilidad?
· ¿El beneficio esperado justifica realmente los riesgos?
También es indispensable recordar que estos medicamentos deben acompañarse de alimentación adecuada, actividad física, ejercicio de fuerza, sueño suficiente, atención a la salud mental y seguimiento clínico.
No porque la persona necesite “demostrar” que merece recibir el medicamento, sino porque la salud no puede conservarse únicamente reduciendo el hambre.
Una revolución médica no debe convertirse en un atajo social
La era de los GLP-1 nos obliga a reconocer varias verdades al mismo tiempo.
1. La primera es que la obesidad no puede reducirse a falta de voluntad. Es una enfermedad compleja en la que participan mecanismos hormonales, metabólicos, genéticos, psicológicos, sociales y ambientales. Quienes requieren tratamiento farmacológico no están haciendo trampa.
2. La segunda es que los GLP-1 constituyen una de las revoluciones terapéuticas más importantes de nuestra época. En pacientes correctamente seleccionados pueden reducir peso, controlar la diabetes y proteger el corazón, los riñones y el hígado.
3. La tercera es que no son medicamentos inocuos. Producen efectos adversos frecuentes, pueden ocasionar complicaciones graves y todavía no contamos con información suficiente para conocer todas las consecuencias de utilizarlos durante décadas.
4. La cuarta es que un tratamiento diseñado para combatir una enfermedad crónica no debe transformarse, sin reflexión, en una herramienta cosmética potencialmente indefinida.
Una inyección puede disminuir el hambre, pero no puede construir hábitos, fortalecer los músculos, seleccionar alimentos nutritivos, reparar la relación con el cuerpo ni corregir el entorno que favoreció la enfermedad.
Tampoco puede decidir si el riesgo vale la pena.
Esa decisión exige evidencia científica, valoración médica, seguimiento nutricional y una pregunta honesta sobre el objetivo del tratamiento.
Los GLP-1 no son buenos ni malos por sí mismos. Son herramientas extraordinariamente poderosas. Y cuanto más poderosa es una herramienta médica, mayor debe ser la responsabilidad con la que se utiliza.
Una inyección puede cambiar el número de la báscula. La medicina responsable determina si ese cambio se convierte en salud o en un riesgo innecesario.
Referencias Relevantes
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